"Que no haya nada en tí que no sea lo que de tí se espera" (San Juan María Vianney)
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sábado, 26 de mayo de 2012

Anecdotazos - El cura cabeza dura


Recuerdo un poema que comenzaba así: “A cocachos aprendí mi labor de colegial, en el colegio fiscal del barrio donde nací”. Y lo recuerdo precisamente porque hace unos días recibí un golpe en la cabeza, aunque no fue exactamente un cocacho.

Resulta que iba yo muy tranquilo, viajando un moderno tranvía, camino a mi casa. Cabe recalcar que es la línea que tomo todos los días, desde hace casi tres años. Llegando a mi parada me acerqué a la puerta sin problema ninguno, porque el “tran”, como le llaman acá en Roma, estaba casi vacío. Y mientras esperaba a que se abrieran las puertas “cataplúm”, que me cae una de las lámparas del techo en el centro de mi cabeza.
Está de más decir que fue una experiencia dolorosa, aunque más que nada sorpresiva. Quien se iba a imaginar que en un medio de transporte tan moderno pudieran ocurrir cosas así. ¡No me había pasado nunca ni en los buses “populares” de Guayaquil!
Tranvía de la línea 8.

Enseguida la solidaridad de la gente italiana, que se conduele enseguida de la desgracia ajena. Uno que me preguntaba si estaba bien, otro que recogía la lámpara para evitar que alguno se cayera supongo. Hasta una señora que me agarró del brazo, creo que pensaba que me iba a desmayar. Yo que le quitaba importancia al evento, aunque sí me tomé el tiempo de informar al chofer haciéndole ver lo insólito del acontecimiento. El susodicho ya quería llamar al hospital, pero la verdad es que no hacía falta. Le aseguré que tengo la cabeza lo bastante dura y que de un simple chichón no pasaba. Que lo grave hubiese sido que le cayera a una persona anciana o a un niño pequeño.

Mientras caminaba de regreso a casa no pude evitar hacerme la pregunta: ¿qué habrá querido decirme el Señor con el “lampadazo”? No es que cada acontecimiento tenga por fuerza un significado, pero es verdad que de cada experiencia uno puede sacar una lección. Y les comparto mi moraleja.

“Menos mal que me cayó a mi y no a una ancianita o a un niño” fue lo que le dije al chofer. Menos mal que recibió el golpe uno en capacidad de resistir y no alguien que hubiese terminado mal herido. Y es que de seguro Dios conoce nuestras debilidades, pero también las fuerzas que ha dado a cada uno. Y como en nuestra gran comunidad de hermanos, tenemos que ayudarnos unos a otros, más de una vez nos tocará recibir un “golpe” para evitar que lo reciba alguien que no lo podría resistir, uno más débil que nosotros mismos.

Fue eso precisamente lo que hizo Jesús al morir en la Cruz, cargó con nuestras culpas, con el peso que nosotros no podíamos cargar. Es así que nos redimió, nos compró con su propia Sangre.

Espero que el aviso al chofer haya tenido respuesta y de ahora en adelante tengan más cuidado a la hora de ajustar las lámparas del tranvía. En todo caso tendría que agradecer a la compañía municipal de transportes de Roma por la importante lección que me permitieron “encarnar”.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
elcuradetodos … ustedes

jueves, 2 de febrero de 2012

Anecdotazos - Borrachos en Madrid

En Agosto de 2011 asistí al mayor botellón de mi vida. La borrachera fue de campeonato: Borrachos en el metro, en la calle, el local abarrotado, la Iglesia de la Plaza de Manuel Becerra igual, jóvenes borrachos, mayores borrachos, curas borrachos….¡hasta obispos borrachos! (sí, he dicho curas y obispos, no se me ha ido la olla). Yo también agarré la mayor cogorza de mi vida, e invité a ello a todo el personal de Manuel Becerra, que se unieron sin pensárselo. Fue casi una semana de botellón y aún nos dura la resaca, y espero que no se nos pase nunca. 

No os asustéis… El botellón se llamaba JMJ y la borrachera fue una embriaguez total de Fe.
Toda la esquadra:ecuatorianos, peruanos y la jefa española.

Hola, amigos, soy Mónica, la encargada de Manuel Becerra. Quería hablaros de la experiencia más bonita e intensa en los 18 años que llevo en Café y Té: Fue la semana del 16 al 21 de Agosto en Madrid, la JMJ 2011, un acontecimiento que cada tres años acoge, en un país diferente, a jóvenes peregrinos católicos de todo el mundo, y cuando digo de todo el mundo hablo de los cinco continentes. En Manuel Becerra decidimos dar el “Menú del peregrino”, que consistía en canjear el menú por unos cheques que los chavales previamente habían adquirido en la Diócesis. 

Os prometo que nunca en nuestra vida hemos trabajado tanto y os prometo también que nunca en nuestra vida hemos disfrutado tanto. La noche del 15 nos pilló desprevenidos, porque no esperábamos gente hasta el 16, y con sólo “cinco panes y dos peces” en la nevera, dimos 250 cenas. Al día siguiente, y sin apenas darnos cuenta, dimos 800 comidas, y así los dos días posteriores. La actitud de los peregrinos fue ejemplar, teníais que haber visto con qué cariño, con qué paciencia y con qué respeto esperaban su turno y con qué alegría valoraban y agradecían nuestra comida y nuestra atención. Y ¡cómo colaboraban! ellos mismos recogían sus mesas y se levantaban a tirar los restos a las cajas que teníamos para tal efecto. Hubo un sacerdote venido de Roma, el Padre César, un cura 10, que durante los dos días de mayor afluencia se metió en la barra mañana y noche y ofreció una ayuda impagable. Aunque dimos hasta 800 menús diarios, fue tal la colaboración que apenas se notó.

Aquí junto a Mónica.
Nunca he visto a mi plantilla tan unida y tan comprometida. El hecho de trabajar tanto, pero tan a gusto, hizo que limásemos asperezas y que las astillas que creíamos incrustadas resbalasen por sí solas; todo ha cambiado entre nosotros desde entonces, nos miramos con más cariño, nos respetamos más y nos ayudamos más, porque esos chavales , estos ángeles que pasaron por nuestras vidas y que no olvidaremos jamás nos enseñaron a ello con su comportamiento. Aún mantenemos el contacto con muchos de ellos, yo tengo incluso un medio novio peruano con el chateo todas las noches. 

A los científicos que tanta guerra han dado estos meses con sus teorías del origen del Universo me hubiera gustado verles aquí esos días, para que me contaran cómo llamarían ellos a esa fuerza magnética y arrolladora que hizo que dos millones de jóvenes, muchos adolescentes, apenas niños, se desplazaran desde todo el perímetro terrestre, desde los lugares más recónditos, unidos por un único Espíritu. 

Hicimos muchas fotos, muchas. Algunas, por un dedazo mal dado en el ordenador, se borraron; pero hay una que todos conservaremos para siempre, y que ningún mal click borrará jamás: La que hicimos, en caliente, del alma y el corazón. 

Mónica Núñez Parisi