"Que no haya nada en tí que no sea lo que de tí se espera" (San Juan María Vianney)

lunes, 19 de diciembre de 2011

Reflexionando el Evangelio: Hágase en mi - Cuarto Domingo de Adviento

Queridos Hermanos:

Contemplar el anuncio del Ángel a María es como mirar por una ventana el interior del más grande de los misterios: Dios que se hace hombre. Pero ese grandísimo milagro se hizo realidad gracias al sí de una muchacha israelita, que tenía clara su identidad de esclava del Señor.

Dios, siempre delicado, no impone sino que propone a la que había elegido como madre de su Hijo la misión de darle un cuerpo, de nutrirlo y educarlo. Una vez más, quizás la más impresionante de todas, podemos palpar la infinita confianza que Dios deposita en los hombres. María no decepciona al Señor y acepta generosa y con alegría la llamada a la maternidad divina.

Pero ella también comprendía que se ponía en peligro. Si José la denunciaba podría perder la vida lapidada. Pero más pudo su obediencia, su amor y su fe, que el temor a morir. Así lo haría también su Hijo cuando cerca de su pasión sintió temor, al punto de pedirle al Padre que apartara de Él ese cáliz amargo. Pero al final y aún en medio de la angustia que le hacía sudar gotas como de sangre, afirmó que haría la voluntad del Padre y no la suya.

La voluntad de Dios es perfecta, porque Él es perfecto. Su voluntad es que todos los hombres se salven, que sean felices en ésta vida y sobre todo en la eterna. Pero eso no significa que todo será “color de rosa”. María vivió feliz porque sabía que cumplía la voluntad de Dios, pero una espada le atravesó el alma. No fue exonerada del dolor, como tampoco Jesús. Nuestra felicidad no será nunca la que pintan los cuentos de hadas, sino la auténtica felicidad, la del gozo de saberse amado y en comunión con Dios.

Nuestra voluntad nunca será perfecta. Nuestra naturaleza humana es egoísta y caprichosa, influenciada por el pecado. De ahí que no sea recomendable hacerla prevalecer sobre la voluntad de Dios. Quien sigue el plan que se elaboró no quedará nunca satisfecho, mientras quien cumple el plan de Dios se realizará en todo sentido.

Que éstos días de la novena nos ayuden a descubrir lo que Dios espera de nosotros y a poner en marcha su plan, sólo así seremos todos felices.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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jueves, 15 de diciembre de 2011

Sin Pelos en la Lengua - A Dios rogando ...

Los católicos que nos decimos practicantes y que procuramos participar activamente en la Iglesia tenemos ciertos pedidos que repetimos con frecuencia. En la oración común repetimos muy seguido dos peticiones importantes: pedimos por la conversión del mundo y pedimos por las vocaciones sacerdotales. Ciertamente siendo el objetivo esencial de la Iglesia la salvación de las almas, no podemos dejar de orar por la conversión de todos. Y pretender que esa conversión llegue a ser realidad sin la intervención de los sacerdotes, administradores de los sacramentos, es impensable.

Sin embargo hay un dicho muy repetido que dice: “A Dios rogando y con el mazo dando” que creo nos ayudará a revisar el “còmo” de nuestra oración. Porque es cierto que hemos de orar siempre, pero también es cierto que nuestra oración además de constante debe de ser sincera y acompañada de la coherencia entre lo que pedimos y lo que somos.

Nos puede pasar que, como decía al principio siendo católicos practicantes, nos parezca que nos tenemos que preocupar de la conversión de los demás y nos descuidemos de la nuestra. Sería sincero orar para que otros se conviertan mientras yo hace rato que me siento muy conforme y pagado de mi mismo. Tengo que recordar que cuando rezo por la conversión de los pecadores yo estoy incluido dentro del conjunto. Por supuesto que debo rezar porque toda la humanidad viva en comunión con Dios, pero mientras estoy luchando en una conversión personal constante.

Se dice que San Juan Bosco tuvo una visión que le permitió conocer que de los jóvenes que Dios llama al sacerdocio, sólo el 10% responde a la llamada. Todos hemos de obedecer al mandato del Señor “Oren al dueño de la mies que envíe obreros a sus campos” y de ahí que sea una constante en nuestras comunidades la oración por las vocaciones. En realidad lo que pedimos no es que Dios llame a más jóvenes, puesto que Dios llama a todos los que son necesarios. Lo que pedimos es que los llamados sean generosos y dóciles a la llamada. Y una vez más nos tendríamos que cuestionar porque podemos pedir que otros sean generosos y dóciles a la voluntad de Dios si nosotros no lo estamos siendo. Porque Dios nos manifiesta su voluntad todos los días y hay que ver que muchas veces nos hacemos los sordos.

Creo que el principio queda muy claro: no es coherente pedir que los demás hagan aquello que yo no me esfuerzo por hacer. Sigamos rogando al Señor y al mismo tiempo procuremos aprovechar las gracias que nos brinda cada día. Seguro que así nuestra oración será más digna y fecunda.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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martes, 13 de diciembre de 2011

De la tierra al Cielo LXI - Disfrutar del perdòn

Me encantan los perros, son excelentes compañeros. Creo que no lo pueden pasar peor que cuando se los deja atados. Me parece que todos hemos podido ver alguna vez cómo reacciona un perrito que luego de pasar el día encadenado tiene la suerte de que su dueño lo suelte. Es como que explota de energia, corre en círculos, salta y ladrá con fuerza, pero sobre todo agradece al patrón. Creo que si pudieran reír lo harían a carcajadas.

Quizás la comparación pueda parecer un poco forzada, pero creo que es justa. Quien ha hecho la experiencia del perdón me dará la razón. Cargar con nuestras culpas es demasiado pesado, es una cadena que nos impide vivir, nos quita la alegría, nos impide la libertad. Cuando somos perdonados, somos literalmente liberados de esas cadenas. Es un cambio raidcal que lo podemos palpar desde dentro. Es una alegría empapada de paz que inunda cada rincón de nuestro ser y que nos mueve a amar. Y es así como empieza el círculo virtuoso puesto que quien ha hecho una experiencia semejante alienta a otros a hacerla también.

No creo que haya un lugar más propicio para vivir esa sensación que en el confesionario. Arrodillarte cargado de miserias, con la tristeza y la verguenza del penitente, para levantarte con la paz del perdón, la alegría de la amistad recuperada, la salud que produce la gracia, no ya como un penitente sino como hijo amado. Esa es la "magia" que nos regala Cristo misericordioso a través del sacramento de la reconciliación, que además está a nuestro alcance cada vez que lo queramos recibir, basta el sincero arrepentimiento.

Nadie tiene porque vivir encadenado si no quiere. Así de triste como un perrito inmovilizado por una soga, es la imagen de un hijo de Dios reducido a la mínima expresión por culpa de sus culpas. Que distinta es la libertad que nos da la gracia, el perdón de quien aún clavado en la Cruz perdonaba a sus verdugos. No dejes de vivir la experiencia de la confesión, no te quites la libertad.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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domingo, 11 de diciembre de 2011

Reflexionando el Evangelio: ¡Alégrense! - Tercer Domingo de Adviento

Queridos Hermanos:

El tercer domingo de Adviento tiene un nombre propio: “Gaudete”. Significa “Alegrense” y por eso hoy se enciende la vela rosada de la corona de adviento y muchos sacerdotes visten una casulla del mismo color para celebrar la Misa. Si se fijaron con atención en la primera y segunda lectura nos invitaban a la alegría y nos daban las razones para estar felices. Como salmo responsorial hemos rezado el “Magnificat”, que es el canto de Santa María que exulta de gozo en Dios. Y en el Evangelio San Juan Bautista nos recuerda que él es la voz de uno a quien no merece desatarle la sandalia, es decir del prometido, del esperado de los tiempos, el Salvador que viene trayendo la alegría de la liberación.

Hemos recordado que el Adviento nos prepara para la segunda venida de Cristo, para el día en que todos resucitaremos, el día en que se instaurará su Reino definitivamente. Por eso repetimos “Ven Señor Jesús”. Pero quizás para algunos sea un poco tétrico pensar en el día del Juicio Final, les parecerá algo de lo que mejor no hay que hablar, porque “no vende”. Mejor sería quedarnos con los villancicos y las luces del arbolito de Navidad. Pero el problema es que si no profundizamos en el mensaje del Adviento, nuestra alegría navideña no tendrá un fundamento trascendental.

Antes que Cristo viniera al mundo nuestra esperanza era sólo que viniese, puesto que sólo Él podría rescatar a la humanidad del pecado y de la muerte. Celebraremos por eso en pocos días su primera venida. Sin embargo ahora nuestra esperanza es que regrese a renovar la tierra, a hacer nuevas todas las cosas y eso ocurrirá en su segunda venida. Recordar que vino la primera vez nos alienta porque sabemos que así como se cumplió aquella primera promesa, también se cumplirá la segunda.

Nuestra alegría se fundamenta en esa esperanza cierta. Cada vez que nos confesamos y recibimos su perdón, cada vez que lo recibimos en la Eucaristía, cada vez que lo vemos y servimos en el hermano, renovamos esa esperanza que nos hace vivir felices, con el gozo de quien se sabe amado por Dios.

Isaías, San Pablo, San Juan Bautista y la Virgen nos quieren contagiar la alegría que experimentaron en Dios y que viven ahora plenamente en el Paraíso. De cada uno depende el hacer la misma experiencia, Dios no se hace negar. Basta buscarlo ahí donde está siempre, en el Sagrario. ¡Alégrense!
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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Llevo el nombre de un beato sacerdote y extraordinario catequista:

Les presento a mi patrono, también un apasionado de la catequesis. Aunque oficialmente su fiesta se celebra el 15 de abril, en Italia la celebran el 10 de diciembre. Así que espero me tengan presente el próximo abril, acepto felicitaciones y regalos también.

 Beato César de Bus
Presbítero y Fundador
de la Congregación de los Padres de la Doctrina Cristiana
Patrono de los catequistas

Martirologio Romano: En Aviñón, de la Provenza, en Francia, beato César de Bus, presbítero, que, tras haberse convertido de la vida mundana, se entregó por entero a la predicación y a la catequesis, y fundó la Congregación de los Padres de la Doctrina Cristiana, para que diese gloria a Dios con la instrucción de los fieles (1607). 

Fecha de beatificación: 27 de abril de 1975 (año de mi nacimiento)  por el Papa Pablo VI.

Nació en Cavillón, Francia, el 3 de Febrero de 1544. Sus padres emigrantes italianos pertenecían a la corte de Carlos III, por lo que César se vio involucrado en ese mundo de frivolidades.

Ingresó a la milicia y destacó como poeta. Sin embargo, un día experimentó una visión de la Virgen María. A partir de entonces atendió los consejos del sacerdote jesuita Pierre Péquet y los ruegos de su amiga Antoniette, quien, por ser analfabeta, le pedía le leyera las vidas de los santos; así tuvo lugar su transformación.

Ingresó al seminario y se ordenó sacerdote. El obispo observó sus cualidades y le encargó dirigir la catequesis en Aixen-Provence, una zona involucrada en serios conflictos y guerras religiosas. Admirador de san Carlos Borromeo, trató de seguir su ejemplo en la enseñanza del catecismo, y logró que cientos de pequeños asistieran a la doctrina y practicaran lo aprendido.

Con otros sacerdotes fundó los Padres de la Doctrina Cristiana (Doctrinarios o Doctrinarios de Aviñón), cuya aprobación fue concedida por Clemente VIII (1592-1605) en 1597, y la orden femenina de las Ursulinas de la Provenza. Su obra influyó en grandes educadores catequistas, como san Juan Bautista de La Salle y san Marcelino Champagnat.

Su obra fue arrasada por la Revolución francesa, pero ya tenía fama en Italia y Brasil.

Murió el 15 de Abril de 1607, Domingo de Pascua, en Aviñón, Francia, admirado por su entrega a los pequeños y devoción.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sin Pelos en la Lengua - ¡Ven Señor Jesús! ... mientras tanto voy yo!!!

Durante 2000 años los cristianos de todo el mundo hemos repetido la oración “Ven Señor Jesús” para manifestar el deseo que tenemos de que el Salvador vuelva en gloria. Sabemos que ese día comenzará una nueva era, se instaurará el Reino de Dios y se harán nuevas todas las cosas. No habrá más muerte, ni dolor, ni sufrimiento, ni pecado. Luego de resucitar, viviremos eternamente felices, junto a Dios y a nuestros seres amados. Sabemos que vendrá pero no sabemos cuando.

Para muchos esto se ha convertido en un factor de preocupación y de predicciones. Creo que todos tenemos frescas en la memoria imágenes de lo ocurrido por la llegada del año 2000. Pero han pasado casi doce años desde entonces y aún seguimos esperando y repitiendo “Ven Señor Jesús”. Será que no hay nada más que hacer?

Pues yo creo que si Jesús no viene, habrá que ir a su encuentro. Y es que la espera cristiana no puede ser pasiva. Estar con Cristo se puede ya en esta era y lo podemos hacer de dos maneras básicamente.

Quien quiera ir a Cristo basta que busque el Sagrario más cercano. Sabemos que ahí está Cristo presente y tantas veces abandonado. En su primera venida decidió que se quedaría hecho Pan Eucarístico para alimentarnos y acompañarnos. Mientras esperamos que regrese en gloria, hemos de ir a El en sus Sagrarios.

La consecuencia lógica de este ir a Cristo Eucaristía es que vayamos a El en los hermanos. Siendo todos parte del Cuerpo Místico de Cristo, lo podemos encontrar en todas las personas y en nosotros mismos. No siempre es fácil ver a Jesús en el prójimo, pero no podemos dudar de que está ahí presente.

Antes de pensar en Navidad, debemos pensar en cuán cerca estamos de Jesús. Mientras esperamos que El venga a renovar la faz de la tierra, nosotros vamos a El. No hay nada más reconfortante que saber que, aunque estamos esperando algo que nuestros antepasados también esperaban y aún no llega, basta con tomar la iniciativa para vivir la experiencia por adelantado, aunque sea sólo en parte. Porque vendrá, pero ya está entre nosotros.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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martes, 6 de diciembre de 2011

De la tierra al Cielo LXI - Tiempo de aplicarse

Se acerca el tiempo de exámenes y se nota la tensión en cada estudiante. No puede ser de otra manera cuando uno se siente presionado por el deber de dar razón de los conocimientos adquiridos, hora de rendir cuentas a maestros y padres de familia. Y es que nadie quiere quedarse de año, ni tampoco quedar mal delante de los demás. Ante semejante situación sólo queda un camino: aplicarse al estudio.

De las experiencias estudiantiles e incluso profesionales más estresantes hemos de subrayar el momento del examen. Son muchos los factores, pero quizás el mayor sería la posibilidad de perder. Perder al año, perder la oportunidad de trabajo, perder la buena opinión que los demás tienen de uno (ganada con tanto esfuerzo). Todo eso sumado nos hace temer el tiempo de evaluación y nos obliga a un esfuerzo mayor, sobre todo previo a rendir examen.

Todo esto me lleva a pensar en el más trascendental de los exámenes, aquel que tendremos que dar ante el mismo Dios. El día del juicio nos tocará rendir cuentas de lo aprendido en nuestra vida, de nuestro aprovechamiento. Y es que, así como el tiempo de estudios, el tiempo de vida tiene un límite luego del cual tendremos que demostrar lo aprendido, en la teoría y en la práctica.

El tiempo de adviento se asemeja al período previo a los exámenes. La Iglesia nos pide que nos apliquemos al estudio, al autoexamen, recordándonos que Cristo volverá para juzgarnos a todos. Cierto que así como los buenos estudiantes estudian todo el año y no sólo los días antes de los exámenes, los buenos cristianos están siempre preparados para dar cuentas de su vida. Pero como no todos son tan buenos alumnos, es necesario recordar a los más flojos que hay que aplicarse. Ojalá nos sintamos todos aludidos y no dejemos pasar sin fruto estos días previos a la Navidad. Porque cuando se trata del plano espiritual no hay posibilidad de exámenes supletorios.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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domingo, 4 de diciembre de 2011

Reflexionando el Evangelio: Quien ama pide perdón - Segundo Domingo de Adviento

Queridos Hermanos:

Dicen que perdonar es divino y no se equivocan. Sólo Dios es infinitamente misericordioso y está siempre dispuesto a perdonar. Sin embargo también nosotros, siendo sus hijos, estamos llamados a entrar dentro del misterio del perdón. Parte esencial de nuestra vida espiritual es el aprender a dar y a pedir perdón.

En el Evangelio de hoy vemos cómo la predicación de Juan el Bautista mueve a los judíos no sólo a bautizarse, sino también a confesar públicamente sus pecados. Es decir que el signo del agua, no se quedaba en ellos sólo como un acto externo sino que representaba el deseo de recibir el perdón de Dios, de reconciliarse con Él. El pueblo de Dios tenía clara conciencia de haber ofendido al Señor y por eso no se hicieron esperar. Afirma San Marcos que toda Jerusalén iba al río a recibir el agua de manos del Precursor.

Pedir perdón es cosa seria y nos cuesta. Sin embargo hay que reconocer que nos cuesta más con unos que con otros. Cuando hemos ofendido a una persona que amamos, casi enseguida nos surge la necesidad de recibir su perdón. No nos sentimos bien sabiendo que nuestra relación ha quedado herida y nos urge reconciliarnos. Si lo mismo sucede con alguien que no nos es tan querido puede ser que esa necesidad de reconciliarnos surja más tarde. Quizás primero tengan que pasar algunos días para que nos nazca el arrepentimiento y nos lleve a pedir perdón. Ni se diga si lo mismo nos sucede con alguien que nos importa muy poco. En ese caso quizás no pidamos perdón, no tengamos remordimiento.

Y entonces la pregunta que hoy debemos respondernos es cuánto tiempo necesitamos para arrepentirnos cuando hemos ofendido a Dios. Puede sucedernos que pasemos semanas y hasta meses sin la gracia de Dios y sin sentir dolor por nuestros pecados. Si es así habrá que pensar que amamos muy poco a Dios. Un alma que tiene a Cristo como centro de sus afectos y pensamientos no resistirá estar alejada de Él. Después de haberlo ofendido sentirá la necesidad urgente de confesar su culpa y reconciliarse con Dios. Así como lo hicieron los judíos al oír la predicación de Juan que anunciaba la llegada del Mesías.

En este segundo domingo de Adviento hemos de examinar nuestro interior, medir la intensidad de nuestro amor a Dios. Nos bastará con el termómetro del dolor de nuestros pecados. Si nos falta ese arrepentimiento sincero, es que nos falta también el amor a Cristo. Y si nos falta el amor nos falta todo. Hemos de provechar éstos días para descubrir por qué aún no lo amamos como deberíamos, sólo así podremos poner los medios que hagan falta para hacer crecer nuestra comunión con Él.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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jueves, 1 de diciembre de 2011

De la tierra al Cielo LX - El eterno perdedor

No soy fanático de los juegos de mesa y la verdad es que quizás por eso cuando juego casi siempre me va muy mal. Sin embargo hace algunos meses las “Damas” me han regalado una lección que les quiero compartir. 

Se dice que cada persona es un mundo, afirmando justamente que somos irrepetibles, singulares y originales. Eso podría ser visto como una dificultad en el plano de las relaciones humanas, tanta heterogeneidad lógicamente tendría que obstaculizar el desarrollo de vínculos entre seres tan diversos. Sin embargo la experiencia confirma lo contrario. Quienes comprenden que los seres humanos no son robots y por lo tanto no somos uniformes, logran comunicarse y entablar buenas relaciones con muchos.

Sin embargo esas mismas diferencias nos hacen ver que no podemos llegar a todos de la misma manera. Cada persona tiene expectativas distintas y es muy difícil complacer a todos. De ahí que el principio esencial es que debemos ser siempre auténticos y sinceros, mostrarnos como realmente somos, dando lo mejor de nosotros mismos.

Como les decía al inicio, las “Damas” me recordaron éstas verdades. Me regalaron un amigo. Al principio me parecía poco probable poder hacerme amigo de aquel muchacho que sólo podía ver una vez a la semana, durante el almuerzo del sábado. Llegaba cuando la comida estaba sobre la mesa y se marchaba, casi sin hablar, una vez había terminado de comer. Hasta que un día vi que le regalaban un juego de “Damas”. Fue el momento en que mientras lo mostraba me invitó a jugar. Desde entonces y sin falta, cada sábado jugamos nuestro partido. Hasta ahora no he ganado ni una sola vez, el experto es él. Pero he ganado un amigo y eso vale la pena.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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