Hoy escuchaba aquella canción “Don dinero”, que repite
la frase “Por la plata baila el mono” y me quedaba pensando que, aunque no es ético
obrar pensando que el dinero es la única o la mayor motivación, muchos no
conocen otra. Es triste reconocerlo, pero es tan real que no podemos dejar de
reconocerlo.
El dinero es necesario, negarlo sería absurdo, sin
embargo no podemos conformarnos pensando que trabajamos, estudiamos, realizamos
nuestras labores cotidianas, con la sola motivación de recibir una compensación
económica. Hay muchas otras motivaciones, mucho más nobles, que nos tendrían
que motivar.
En mi juventud (y lo agradeceré toda la vida) se me
enseñó que había que servir por amor a Dios, por amor al prójimo, servir
sabiendo que la principal recompensa no es la monetaria, sino la felicidad del
otro. Trabajar sin fines de lucro no significa que uno no recibe un salario
justo por su trabajo, sino que la principal razón para trabajar no es el dinero
sino el servir.
Parecería una distinción teórica, que no tiene mayor
impacto en la realidad, pero créanme que no es así. Cuando se trabaja sólo por
el sueldo, es fácil caer en la tentación del mínimo esfuerzo o en la
instrumentalización de las personas. La colaboración con los compañeros es casi
nula, porque el ambiente de trabajo es siempre competitivo y el de al lado,
lejos de ser un amigo, es un rival. Otra tentación es la apatía, el
aburrimiento y como consecuencia, la mediocridad.
Cuando se trabaja para servir, la entrega, la alegría
y el mayor esfuerzo vienen naturalmente. La mejor paga es la satisfacción del
deber bien cumplido y comprobar que se ha colaborado al bien común. Un mundo
mejor se construye a través del trabajo de todos, pero pensar que un empleo es
un “mal necesario” sólo para ganar dinero, empobrece y demora la marcha del
motor social.
Servir amando, de eso se trata.
Hasta el Cielo.
P. César Piechestein
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