"Que no haya nada en tí que no sea lo que de tí se espera" (San Juan María Vianney)

martes, 7 de agosto de 2012

De la tierra al Cielo LXXIX - Quiero ser un libro


Yo quisiera ser un libro … sí pero un libro de primaria. Quizás les parezca a aspiro a muy poco, que bien podría, ya que deseo ser una cosa inanimada, ser un libro de mayor rango: una enciclopedia, una libro de aritmética o de astronomía. Pero la verdad es que yo prefiero ser uno de primaria, de esos que dicen “Mi mamá me mima y yo mimo a mi mamá”.

Y es que, cuando de cosas se trata, tendría que elegir una que sea más noble. Los libros científicos, los que estudiamos en la universidad, nos enriquecen, nos transmiten conocimientos muy altos, pero sólo porque sabemos leerlos. ¡Qué sería de nosotros si no hubiese libros que nos enseñaran a leer!

Cada uno de nosotros debe elegir que tipo de persona quiere ser, es como construir nuestro propio perfil. Hay que elegir bien, puesto que todos somos parte del engranaje social. Cada pieza es importante y necesaria, aunque cada una tenga una diferente función. Y en ese sistema yo quiero ser como un libro de escuela, de esos en los que aprendes a leer. Sencillo, con muchos dibujos, con frases cortas y que quedan en la memoria. Un libro al que, al final, te une un vínculo de gratitud.

Serlo, sin embargo, tiene sus desventajas. Mientras el libro universitario o la enciclopedia son tratados con cierto respeto y cuidadosamente conservados en sus estantes, al libro de escuela lo llenas de colores y garabatos, lo arrugan y lo tiran por el suelo. Aunque su misión sea noble, sus destinatarios muchas veces no lo entienden. 

Al final, lo que cuenta realmente en la vida, es gastarse y desgastarse. Seguramente todos los libros buenos cumplen una misión importantísima, pero yo siempre preferiré ser un libro de primaria, un libro de niños.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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lunes, 23 de julio de 2012

Reflexionando el Evangelio: Ser pastor - Domingo XVI del Tiempo Ordinario


Queridos hermanos:

No se puede pensar en un rebaño sin pastor, porque las ovejas que carecen de guía se dispersan y se pierden, como consecuencia no son un rebaño. En el Evangelio Jesús se entristece porque contempla a su pueblo así, como ovejas sin pastor.

La figura del pastor reviste, por lo tanto, una importancia primordial. Imaginarse un pueblo sin guía, sin animador, sin alguien que represente a Cristo, es imaginarse un pueblo desintegrado, desordenado y sin futuro. El pastor cumple una misión irreemplazable: es padre y maestro, médico y juez. De ahí que el santo Cura de Ars afirmara que bastaba dejar a un pueblo sin sacerdote por veinte años, para que terminaran adorando a las bestias.
Como oveja sin pastor ...

Sin embargo sabemos que sólo Cristo es el Buen Pastor, el auténtico, el único que ha dado la vida por sus ovejas y las ama y las conoce por su nombre. Y es Él quien se ocupa de proveer pastores que, como ministros suyos, acompañen a los hijos de Dios. Nadie puede arrogarse ese ministerio si no ha sido llamado por el Buen Pastor.

Y aunque algunos todavía piensen que el sacerdocio es una cruz impregnada de renuncias, casi como un cáliz amargo, los que hemos sido escogidos para servir como ministros del altar sabemos que no es así. Después de la salvación, no hay don más grande que se pueda recibir de Dios, que la vocación al sacerdocio. Poder ser otro Cristo, celebrar el milagro de la Eucaristía y perdonar pecados en nombre de Dios, son junto a otras tantas maravillosas tareas, la corona del sacerdote. De ahí que, quien teniendo ésta llamada no la descubre o no la acepta, se priva de la mayor felicidad.

Hoy como ayer, la Iglesia ora al Padre para que envíe obreros a sus campos. Hoy el mundo tan desorientado y confundido, se presenta como miles de millones de ovejas desperdigadas y en peligro de perderse, a quienes urge la presencia salvífica del sacerdote, del pastor. Sigamos orando por las vocaciones al sacerdocio y por la santificación de los sacerdotes.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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martes, 10 de julio de 2012

De la tierra al Cielo LXXIII - Lo bueno de las despedidas


Las despedidas encierran una alta dosis de tristeza. Separarse de los seres queridos, de los amigos, dejar atrás una parte de la propia historia, todo parece reportarnos al dolor de la partida. Bien dicen que “partir es morir un poco”. Todos quienes hemos vivido esa experiencia (algunos más de una vez) podemos confirmarlo. Sin embargo, en ésta ocasión, quisiera detenerme en un aspecto hermoso de las despedidas, uno que he descubierto en los últimos días.

Dicen que hay que encontrarles su lado bueno a las cosas, aunque parezca que algunas no lo tienen. Un amigo me dijo que la separación nos ayuda a valorar mejor la amistad, a darnos cuenta de la importancia de quien tenemos cerca y que a veces, por esa misma cercanía, nos es difícil valorar.

Las despedidas me han permitido sentir el cariño de todos de una manera mucho más patente. Cuando uno se despide deja fluir, en palabras y afectos, todo lo que lleva en el corazón. No sabemos cuando volveremos a estar cerca o si podremos volvernos a reunir, y quizás sea eso lo que nos impulsa a sincerarnos. Podría ser también el sentimiento de gratitud o la conciencia de que la relación, ahora con distancia de por medio, se podría ver debilitada y es mejor dejar “sentadas” las bases de la misma. Sea como sea la despedida se convierte en un despliegue de sentimientos positivos, nobles y auténticos, que renuevan y refuerzan el vínculo de quienes se aman.

Es cierto que partir es morir un poco, pero es también cierto que la despedida de brinda un “plus” que te impulsa a emprender un camino nuevo. El afecto sincero y abundante, las abrazos más numerosos y fuertes que nunca, los buenos deseos y bendiciones, detalles, presencia, lágrimas, todo en conjunto hacen que la despedida sea, al mismo tiempo, dolorosa y vigorizante, llena de un amor que te hace llorar.
¡Gracias sean dadas a Dios que nos ha hecho capaces de amar!
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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viernes, 29 de junio de 2012

De la tierra al Cielo LXXII - Amores en desuso


Muchos tenemos la costumbre de acumular cosas. Puede ser por el simple hecho de conservar junto con ellas algún recuerdo o pensando en que más adelante nos podrían ser necesarias otra vez. Con el tiempo podemos llenar la casa y alguna bodega con objetos de dudoso valor, que al final se llenan de polvo y hasta se dañan, pero que nos cuesta mucho botar.

Algo parecido nos puede suceder con las personas. A lo largo de nuestra vida podemos cambiar de lugar o de ambiente y cada cambio significa conocer nuevas personas, cultivar nuevas relaciones y establecer nuevos vínculos. Lógicamente con las personas no podemos hacer lo que hacemos con las cosas. Las personas no se embodegan, ni se archivan, no podemos reciclarlas, ni dejar en “stand by” nuestros vínculos.

El amor se cultiva y se renueva, todos lo sabemos aunque a veces parezca que lo olvidamos. Es humanamente imposible dedicarles a todas las personas que llevamos en el corazón todo el tiempo que quisiéramos, pero sí podemos hacerles sentir nuestro afecto de vez en cuando. No voy a hacer una lista de las maneras porque eso corre por cuenta del ingenio de cada quien.

Lo que quiero afirmar hoy es que no existen amores en “desuso”. Un vínculo auténtico no se rompe fácilmente, pero no es irrompible. Cada cierto tiempo, con cuidado y un poco de disciplina, hemos de quitar el polvo de aquellos amores que cultivamos diariamente tiempo atrás y que hoy, debido a un cambio de circunstancias, no tenemos la capacidad de cuidar con la misma frecuencia. De eso depende que el vínculo se mantenga tan fuerte como lo dejamos y, aunque no lo crean, a veces hasta más fuerte. Muchas veces la separación nos hace descubrir detalles que antes no habíamos visto y que hacen crecer el vínculo.

Así que a poner manos a la obra, un buen plumero o un trapito húmedo y a desempolvar nuestros amores en “desuso”. Recuerden que las antigüedades y los modelos “clásicos” son siempre de gran valor.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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domingo, 24 de junio de 2012

Reflexionando el Evangelio: Morir al ego - Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista


Queridos Hermanos:

Sin duda alguna sólo quien tiene clara su meta y concentra todos sus esfuerzos en alcanzarla, logra llegar a ella. San Juan Bautista tenía como meta cumplir la misión que Dios le había encomendado y no dudó ni un solo instante en dar todo de sí para preparar el camino del Mesías. Su entrega total mereció la alabanza de Jesús, que afirmó que no ha existido uno más grande de los nacidos de mujer que Juan el Bautista.

Cada día que comienza nos toca discernir bien hacia donde queremos ir y de qué manera queremos invertir nuestro tiempo. Quizás por eso es que la oración debe ser la llave que abre nuestro día, porque es a través de ella que podemos descubrir la que Dios espera de nosotros en esa jornada que inicia. Sólo quien se plantea objetivos concretos dará pasos en esa dirección. Pero en nuestro caso los objetivos no son fruto de nuestra mente, sino respuestas a lo que el Espíritu Santo inspira a nuestra alma.

Sin embargo existe una gran dificultad y es nuestro ego y todo lo que comienza con esa sílaba: egoísmo, egocentrismo, egolatría, etc. Cuando San Juan Bautista afirma que él no es digno ni siquiera de desatar las sandalias del Mesías, lo dice porque está convencido de ello, porque reconoce la grandeza infinita del Redentor. El testimonio de su vida retirada en el desierto, vida de penitencia y sin brillo, se descubre sólo en el momento en que debía comenzar su misión, y se apaga cuando empieza a brillar el Cristo. Quien quiera servir a Dios tiene que imitar la misma actitud: Cristo al centro, porque es Él quien debe ocupar el primer lugar en nuestra vida, en nuestro corazón. Nuestra razón de ser es hacer su voluntad, en ello encontramos nuestra realización, nuestra felicidad.

Hoy el testimonio de Juan el Bautista nos exhorta a un cambio interior, a una humildad activa. Morir a nosotros mismos es un bien, porque sólo así seremos capaces de vivir para Cristo.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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viernes, 22 de junio de 2012

Sin Pelos en la Lengua - No sólo buenos consejos


Cada día nos presenta nuevos desafíos, dilemas y problemas, exigiendo de muestra parte respuestas y decisiones. Muchas veces ante las dudas, recurrimos a alguien que nos pueda aconsejar y, de seguro, es algo muy sensato hacerlo. Sin embargo hay que tener cuidado porque el ansia de encontrar respuestas nos puede empujar a buscar consejo en el lugar incorrecto, agravando nuestros problemas y creando nuevos. Revistas, servicios telefónicos, sitios online y todo un conjunto de medios “anónimos” y muchas veces poco confiables nos pueden tentar con sus fórmulas de solución instantánea, haciéndonos creer que resolveremos todo con una receta infalible.
Ante los problemas cotidianos lo primero que se debe hacer es mantener la calma, porque se piensa mejor con “cabeza fría”. Los que tenemos fe y sabemos que Dios es todopoderoso nos dirigimos a Él y sabemos que su Espíritu nos llevará por el camino mejor. Con paciencia y prudencia, junto al buen consejo de una persona sabia se puede ir resolviendo de a poco cualquier situación.

Pero el objetivo de ésta reflexión no es precisamente dar un consejo, sino hacer una aclaración. A veces, precisamente por lo complicado del mundo actual, muchos buscan las soluciones a sus problemas cotidianos en la Iglesia. Quiero ser más claro, no sea que me explique mal. Es bueno buscar consejo en la Iglesia, confiar en un sacerdote o un laico maduro y bien formado, pero la Iglesia es mucho más que un centro de consejería.

La misión de la Iglesia es la salvación de las almas y lo hace anunciando el Evangelio y administrando los Sacramentos. Es decir que dedica todos sus esfuerzos a transmitir la Buena Nueva, los buenos consejos son sólo una guía, una ayuda.

Mañana, cuando te lleguen los líos diarios, piensa en la Iglesia como madre y  maestra. La madre no sólo da buenos consejos, te brinda toda su sabiduría en todo momento, te alimenta con su Eucaristía, te sostiene a través de los hermanos en la fe y la oración. En fin, procura mucho más que la solución de tus problemas, la solución de tu vida, tu felicidad.
Hasta el Cielo.

P. César Piechestein
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